
Autor: Antonio Molina
Narra la complejidad del exilio de Ignacio Abel, arquitecto de la Ciudad Universitaria de Madrid, hombre casado, padre de dos hijos, de ideología socialista pero con parientes políticos católicos y fascistas. Una complejidad que se expresa en el doble proceso que vive el protagonista, simultáneamente: el alejamiento del proyecto político español y el alejamiento de la propia familia, a causa de su enamoramiento de una joven estadounidense.
La novela sigue un hilo conductor muy sencillo: los amores de un arquitecto madrileño formado en la escuela alemana de la Bauhaus, Ignacio Abel, que en octubre de 1936 llega a Estados Unidos contratado por una universidad. Este eje individual del argumento merece un minucioso desarrollo. Entre constantes saltos temporales dictados por la memoria asociativa se reconstruye la trayectoria de Ignacio: humildes orígenes, ascenso social, ideario socialista, matrimonio a la deriva y pasión por una chica americana. Esa historia privada se imbrica en el convulso entramado colectivo del momento. El autor convierte lo particular en el soporte literario de un impresionante fresco histórico coral muy amplio: abarca el testimonio regeneracionista de un país anquilosado, las pugnas ideológicas irreconciliables, los antagonismos de clase, el sectarismo, la ceguera cainita, los instintos primitivos... Todo ello cobra plena verdad al encarnarlo en elementos fictivos, una amplia materia humana atentamente observada, y reales, personajes y sucesos históricos ciertos
La documentación que permite la recreación histórica se adivina exhaustiva: Madrid es descrito con un altísimo grado de verosimilitud; los personajes reales que aparecen en la ficción (como Bergamín, Azaña o Zenobia Camprubí) son dibujados con la misma tridimensionalidad que los ficticios (aunque Adela, la esposa traicionada, tenga mucha más profundidad que Judith, la norteamericana romántica). Toma bien el pulso a la época, con la filosofía y la poesía española como telón de fondo, como se observa en la lorquiana y juanramoniana conferencia que Abel imparte sobre arquitectura popular (“el rigor cubista de los pueblos blancos andaluces”). Los momentos climáticos son ciertamente sobrecogedores (la bofetada al hijo, el descubrimiento de la infidelidad, el arresto y su violencia, el encuentro final de los amantes).
La posible aportación de La noche de los tiempos al subgénero de la Guerra Civil se encuentra en la voluntad de llevar a cabo un retrato sin maniqueísmo, en que las barbaridades de la guerra sean atribuidas por igual a los responsables de ellas, miembros de cualquiera de los muchos bandos que la protagonizaron. Aunque Abel tenga una mirada un tanto machadiana, aunque defienda una visión contra-esencialista del paisaje español, aunque sea un declarado socialista, no es un fanático. Es capaz de ver gracias a un espíritu crítico forjado en el estudio y en una experiencia determinante en la Bauhaus. No sólo sufre la violencia de las facciones conglomeradas en el bando republicano, también es capaz de analizar sus causas, para comprenderlas, no para maquillarlas.Su formación germánica, su amistad con un profesor ruso exiliado en España y su amor por una judía norteamericana amplían, además, el marco de reflexión y sitúan el caso español en el mapa global.
Estilística, técnica y conceptualmente, La noche de los tiempos es una novela superior a Sefarad. Más equilibrada; con un mejor acabado. Pero ésa no es la cuestión de fondo. Porque la lectura de la novela no consigue apagar las preguntas que, impertinentes.
La noche de los tiempos en una magnífica novela, una grandiosa novela, referente inexcusable entre las que se asoman con lucidez libre de maniqueísmos a entender la existencia humana, no sólo española, en el inhóspito mundo contemporáneo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario